Marzo – 2020

Columna de opinión

Columna de opinión

El ser humano tiene la extraña capacidad de no saber ver, por más que sean anunciados, los problemas que se presentarán a largo o incluso a medio plazo. Ha ocurrido y ocurre con el cuidado del medio ambiente. Y es especialmente singular la ceguera ante los problemas demográficos.

Durante decenios se ha clamado contra el crecimiento mundial de la población, pero lo que hay hoy, en Occidente, es un invierno demográfico. Europa, en gran parte, envejece, porque muere más gente de la que nace.

Ese individualismo desviado (porque existe también un individualismo responsable y generoso) no es capaz ya de sentir la generosidad de la antigua expresión: “plantar árboles para que otros se sienten a su sombra”.

En todas las etnias antiguas, mal llamadas primitivas, los hijos han sido considerados un bien, quizá el mayor. No solo porque se les ama desde el principio, sino porque son la garantía de la supervivencia de la cultura. En esas etnias el parentesco es la base de la organización social. Y así siguió siendo durante siglos en cualquier sociedad existida.

Individualismo egoísta

Por qué hoy, en Occidente al menos, todo eso parece haber sido olvidado, tiene que ver con muchos aspectos de la vida, de la concepción de la vida, pero, por señalar solo uno, hay que referirse a un tipo desviado de individualismo. Ese individualismo desviado (porque existe también un individualismo responsable y generoso: hacerse mejor uno mismo para dar más y mejor a los demás) no es capaz ya de sentir la generosidad de la antigua expresión: “plantar árboles para que otros se sienten a su sombra”.

Ese tipo de individualismo es calculador, también en la previsión de tener hijos. Está muy extendida la idea de que, antes que tener hijos y sacrificarse por ellos, hay que vivir la propia vida, también sexual, algo hecho posible por la llamada “liberación” en ese ámbito y por la facilidad de los medios de anticoncepción. Eso explica el retraso, no ya de la vida en pareja (que ha adquirido distintas formas), sino en ser madre o padre.

Se han dado siempre casos de esa mentalidad. Lo nuevo del fenómeno es que se ha hecho en gran parte cultura, es decir, un hábito cada vez más extendido.

La cultura del individualismo egoísta impide pensar en las consecuencias que mi acción va a tener sobre el conjunto. Por aplicar aquí aquello del imperativo categórico de Kant (“obra de tal modo que tu conducta pueda erigirse en ley universal”), es claro que la reducción de la natalidad, al generalizarse, acaba en una especie de suicidio cultural colectivo.

Un profundo cambio de mentalidad

En contra de todo esto se suele afirmar que esa resistencia a tener hijos se debe a causas económicas: inexistencia de un trabajo bien retribuido, imposibilidad de hacerse con una casa, etc. Pero la humanidad ha vivido muchas veces en situaciones económicas más adversas, en periodos de extendida escasez, y, sin embargo, no se ha respondido, antes que nada, con esa “política” calculadora en la descendencia.

La solución al invierno demográfico no depende esencialmente de la mejora de la situación económica o de leyes natalistas más inteligentes, sino de un cambio de mentalidad, de concepción de la vida.

Sin excluir que las situaciones económicas influyen, junto a la ausencia de políticas natalistas por parte del Estado, la causa principal del descenso de la natalidad es una mentalidad, ese individualismo calculador que, en su límite extremo, ve en los posibles hijos e hijas una limitación de la propia independencia.

Si eso es así, la solución al invierno demográfico no depende esencialmente de la mejora de la situación económica o de leyes natalistas más inteligentes, sino de un cambio de mentalidad, de concepción de la vida. Para ese cambio es importante la reflexión de que “hemos de hacer por nuestros hijos lo que nuestros padres hicieron con nosotros”.

La devolución, por parte de los hijos, del amor y de la entrega de los padres y madres hacia ellos no es posible, por mucho que sea el cariño y el respeto, sino que se escalona hacia los propios hijos e hijas. Una muestra de esto es, en la casi totalidad de los casos, el bien que significa para los padres y madres ser abuelos. Por no hablar del bien que significa para la persona tener, en el mejor de los casos, dos parejas más que la quieren.

Si no cambia esta mentalidad de un individualismo egoísta, el invierno.

Rafael Gómez Pérez, (Huelva, España, 5 de marzo de 1935) es un profesor, escritor, periodista y critico literario. Actualmente reside en Madrid.

Estudió en el Colegio Colón, de los Hermanos Maristas, Huelva. Cursó Derecho y Filosofía, doctorándose en las dos materias, en las Universidades de Sevilla, Barcelona, Navarra y Roma.

De 1977 al 2000 fue profesor de Antropología cultural en el Colegio Universitario “Cardenal Cisneros”, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid, simultaneando este trabajo con el de periodista en el diario “Expansión”, como redactor jefe y jefe de opinión, de 1986 a 2000. Ha sido también profesor de Literatura, Filosofía, Ética e Historia económica en diversos centros escolares de Madrid.